Pasa cada otoño en muchos pisos de Barcelona. Una mañana de noviembre subes la persiana y el cristal del dormitorio está empañado de arriba abajo, con un hilo de agua bajando hasta el marco. Unas semanas después aparece una sombra gris en la esquina de la pared de fachada, detrás del armario, y la ropa de dentro huele a cerrado. Según las normales climatológicas de AEMET, el aire de la calle en Barcelona ronda el 70% de humedad todo el año, y octubre es el mes más húmedo, con un 73%. Dentro de casa le sumamos el agua de las duchas, de la cocina y de nuestra propia respiración.

El moho no se arregla limpiando: es agua en el sitio equivocado. Aparece donde la humedad del aire se encuentra con una superficie fría, y eso se puede medir mucho antes de que se vea. Un sensor no seca ninguna pared, pero sabe antes que tú cuándo una esquina va a condensar, y la casa puede hacer algo al respecto: encender el extractor, poner en marcha el deshumidificador o avisarte de que toca ventilar. Esta es la guía de qué medir, dónde ponerlo y qué conviene automatizar.

Por qué sale el moho: aire húmedo contra una superficie fría

El aire caliente admite más vapor de agua que el frío. Cuando el aire húmedo de casa toca algo más frío que él —un cristal, una esquina de la fachada—, se enfría de golpe, ya no puede sostener toda esa agua y la deja sobre la superficie. La temperatura a la que empieza a gotear se llama punto de rocío, y depende de lo húmedo que esté el aire: con la casa a 20 °C y al 60% de humedad, cualquier superficie por debajo de unos 12 °C se moja.

Pero el moho no necesita gotas: le basta con que la superficie pase muchas horas muy húmeda, aunque no se vea agua. El documento de apoyo del CTE sobre condensaciones usa como criterio un máximo del 80% de humedad relativa media mensual sobre la superficie, y avisa de que en una vivienda en zona marítima la humedad interior puede ser muy superior a la que se supone por defecto y producir condensaciones «con gran facilidad». Con la casa al 60%, una pared ya pasa de ese 80% en cuanto baja de unos 15 °C. Por eso el moho sale siempre en los mismos sitios, que son los puntos más fríos de la casa:

  • Cristales y marcos. Sobre todo los de aluminio antiguo, sin rotura de puente térmico: el marco trae el frío de la calle hasta dentro.
  • Esquinas y pilares de la fachada. Donde se juntan dos muros exteriores o pasa un pilar, la pared está más fría que en el centro.
  • El cajón de la persiana. Una caja hueca encima de la ventana que casi nunca está aislada.
  • Detrás de armarios y cabeceros. Pegados a una pared exterior, la tapan del calor de la habitación y no dejan que el aire circule.
  • El techo del baño. Recibe todo el vapor de la ducha de golpe.

El agua sale de la vida normal: la ducha, la olla, la ropa tendida dentro, la respiración de quien duerme con la puerta cerrada. Una estufa de butano añade más, porque al quemar el gas suelta vapor de agua; y en un cuarto sin ventilar es, además, un riesgo de monóxido que no se resuelve abriendo un rato ni con el extractor: para eso está un detector de monóxido conectado. Y hay un factor más reciente, que es cambiar las ventanas. La guía de calidad del aire interior del Ministerio de Sanidad lo explica así: las ventanas nuevas en edificios ya construidos cierran mucho mejor y favorecen que la humedad que se produce en la vivienda se acumule.

Qué humedad es la buena, y por qué ventilar seca aunque fuera haya humedad

Esa misma guía da como aceptable entre el 30 y el 60% de humedad en otoño e invierno. En la práctica, un piso entre el 40 y el 60% está bien. Lo que preocupa no es el pico de diez minutos después de la ducha, sino que el aire se quede por encima del 60% durante días, porque entonces los puntos fríos pasan muchas horas por encima de ese 80%.

Ventilar en invierno seca, aunque fuera haya un 70% de humedad. Parece una contradicción y no lo es. El aire de enero en Barcelona está de media a unos 9 °C y al 70%; cuando entra en casa y se calienta a 20 °C, lleva la misma agua pero ahora podría sostener mucha más, y su humedad relativa baja a un 35%. Ese aire seco es el que se lleva por delante el vapor de la noche.

Calentar no quita agua. Subir la calefacción baja el porcentaje que marca el sensor, porque el aire caliente admite más vapor, pero el agua sigue en casa: solo sale ventilando o cuando un deshumidificador la condensa en su depósito. Y en verano todo es al revés: el aire de la calle entra caliente y húmedo, ventilar ya no seca, y entonces el que hace el trabajo es el aire acondicionado o el deshumidificador.

Medir antes de tocar nada: dónde van los sensores

Un sensor de temperatura y humedad es pequeño, va a pila y se pega con adhesivo. Lo que marca la diferencia es dónde se pone.

Uno en cada estancia donde se vive. Dormitorios, salón y baño, a media altura y lejos de lo que falsea la lectura: la ducha, los fogones y el radiador. Así se ve la humedad real de cada habitación, y no la de un pasillo.

Uno en el punto frío, o un cálculo que haga sus veces. El sensor que de verdad dice si va a salir moho es el de la esquina de la fachada, el de detrás del armario o el de junto a la ventana. Donde no se puede pegar nada, como en un cristal, se calcula. En Home Assistant, el sistema con el que trabajamos, el indicador de moho (Mold Indicator) estima la humedad en el punto más frío a partir de la temperatura y la humedad de la habitación y de la temperatura de fuera, con un factor que se mide una vez en ese punto. La propia documentación sitúa el riesgo de moho por encima de un 70% y la condensación en el 100%; nosotros avisamos cuando ese 70% se mantiene, no por un pico suelto.

Uno fuera, en el balcón. Es la temperatura exterior que necesita ese cálculo. Va un sensor propio en lugar de la previsión del tiempo, porque la previsión llega por internet y el cálculo tiene que seguir funcionando aunque se caiga la fibra.

El histórico, en casa. Una semana de curvas lo explica todo: la ducha de las siete, la noche con la puerta cerrada, el día de tender. Precisamente por eso es un dato íntimo —dice cuándo te duchas, cuándo duermes y cuánta gente hay en cada cuarto—, y se queda en el equipo de tu casa, no en el servidor de una marca.

Lo que la casa hace sola

Con la casa medida, las automatizaciones que funcionan son pocas y muy concretas.

El extractor del baño, por subida y no por umbral

El error típico es encender el extractor cuando la humedad pasa de una cifra fija, por ejemplo el 70%. Pero la humedad de base cambia con la estación: hay semanas en que esa cifra no se alcanza ni con la ducha y otras en que el baño ya está ahí sin que nadie se haya duchado. Lo que delata una ducha es la subida. Si la humedad sube ocho o diez puntos en pocos minutos, el extractor arranca; y para cuando vuelve a la humedad de antes o, si no lo consigue, al cabo de un tiempo máximo, para que no se quede toda la noche en marcha.

Se hace con un pequeño módulo detrás del interruptor que ya tienes. Si el extractor comparte cable con la luz, hay que separarlo, y muchos módulos necesitan neutro en la caja: casi siempre es un trabajo sin obra, y lo vemos en la visita. El interruptor sigue funcionando a mano como siempre. Si el baño no tiene extractor, ponerlo ya es otro trabajo —hace falta una salida de aire— y lo valoramos aparte en la visita.

El deshumidificador, solo cuando hace falta

Un deshumidificador encendido veinticuatro horas gasta luz para nada. Conectado a un enchufe con medidor de consumo, arranca cuando la habitación pasa de un 60–65% y para hacia el 50%. Esa distancia entre los dos números, la histéresis, evita que se encienda y se apague cada pocos minutos, y se le da además un tiempo mínimo de funcionamiento para no castigar el compresor. Si la ventana de esa habitación está abierta, espera.

Tiene dos condiciones. El aparato debe ser de los que arrancan solos cuando vuelve la corriente y estar en modo continuo —muchos electrónicos se quedan apagados—, así que el modelo se comprueba antes. Y el enchufe sirve también para saber cuándo está lleno: si está encendido, la humedad sigue alta y el consumo se queda casi en cero durante varios minutos, el depósito está lleno y te llega un aviso. Una simple bajada de consumo no basta, porque también la provoca el desescarche. Si el aparato tiene manguera de desagüe, ese aviso ni siquiera hace falta.

Ventilar diez minutos, cuando toca

Ventilar es la herramienta más barata, y su problema es acordarse. En el dormitorio lo resuelve un sensor de CO₂. Tiene que ser de infrarrojos (NDIR), porque los que estiman el CO₂ a partir de otros gases no sirven para esto, y suele ir enchufado, por USB o a la corriente. La guía de Sanidad propone precisamente vigilar el CO₂ para saber cuándo hace falta ventilar: después de una noche con la puerta cerrada sube, y la casa te avisa por la mañana de que toca abrir, por CO₂ o por humedad.

No hace falta tener la ventana abierta media mañana. Según la guía práctica de la energía del IDAE, para ventilar por completo una habitación bastan unos diez minutos. Y mientras tanto, un sensor en la ventana hace que a los pocos minutos se pare solo el radiador de esa habitación, que vuelve a arrancar al cerrar: ventilar no tiene por qué ser calentar la calle.

Ninguna habitación helada

El cuarto que nadie usa es el primer candidato al moho, porque está frío y nadie lo ventila. Dejarlo en torno a 15 °C suele bastar, y el sensor de esa habitación lo confirma; cómo repartir la temperatura por estancias lo contamos en la guía de qué temperatura poner en cada habitación.

En entretiempo, esos días templados y húmedos en que no hace frío para encender la calefacción, el split puede echar una mano en modo deshumidificación, y la casa puede ponerlo en marcha cuando la humedad lo pide. Pero ese modo enfría, así que en invierno no, y respeta la misma regla de la ventana: si está abierta, se para.

Lo que un sensor no arregla

Conviene decirlo claro: la domótica controla la humedad que se produce dentro de casa. Hay otras humedades que no son eso.

  • Una mancha que crece cuando llueve, o junto a una tubería, no es condensación. Es agua que entra o que se escapa, y no la ve un higrómetro ni un sensor de fugas de agua, que solo detecta agua en el suelo. Es trabajo de fontanero o de quien repare la fachada.
  • La humedad que sube del suelo en una planta baja, por capilaridad, es un problema de construcción.
  • Un puente térmico grave o una ventana muy vieja se pueden vigilar y compensar, pero el arreglo de fondo es aislar o cambiar la carpintería, y eso es de otro gremio.
  • El moho que ya está hay que limpiarlo —con biocidas autorizados, dice la guía de Sanidad— y corregir la causa, o vuelve. Esa misma guía relaciona la humedad y los mohos con más síntomas respiratorios, alergias y asma: si en casa hay síntomas, la consulta es con el médico.

Qué hace falta (y cómo lo presupuestamos)

Poca cosa, y casi todo sin obra: sensores de temperatura y humedad a pila en las estancias y en los puntos fríos, el de CO₂ enchufado en el dormitorio, un módulo tras el interruptor del extractor y un enchufe con medidor para el deshumidificador. Todo se integra en el mismo sistema que la climatización inteligente, de modo que la ventana, el radiador, el extractor y el deshumidificador se entienden entre sí. Funciona en local: solo los avisos al móvil y mirarlo desde fuera de casa necesitan internet.

Aquí no damos una cifra cerrada porque cada piso es distinto: cuántas estancias hay que vigilar, si el extractor tiene su propia línea, qué deshumidificador tienes. Lo presupuestamos en la visita, sin compromiso, en pago único y sin cuotas. Con la misma garantía que el resto de lo que instalamos: garantizamos nuestra instalación y configuración durante 5 años; los equipos tienen la garantía de su fabricante (2–3 años) y la gestionamos nosotros por ti.

Dudas habituales

¿Qué humedad es normal en casa en invierno?

La guía de calidad del aire interior del Ministerio de Sanidad da como aceptable entre el 30 y el 60% en otoño e invierno, y en la práctica un piso entre el 40 y el 60% está bien. Lo que conviene vigilar no es un pico suelto, que pasa con cada ducha, sino que la humedad se quede alta durante días, y sobre todo cómo está la pared fría: el centro de la habitación puede marcar un 55% razonable mientras la esquina de la fachada roza el 80%.

¿Un deshumidificador quita el moho?

No: quita agua del aire, que es la mitad del problema. El moho que ya está hay que limpiarlo —la guía de Sanidad habla de biocidas autorizados— y, si vuelve, es que la causa sigue ahí: una pared fría, una ventilación que no llega o una filtración. Lo que sí hace bien un deshumidificador gobernado por la casa es evitar que se repita la condición que lo hizo crecer, y hacerlo solo cuando hace falta en lugar de veinticuatro horas al día.

¿Es malo tender la ropa dentro de casa?

No es malo, pero toda el agua que sale de la ropa acaba en el aire de casa, y una lavadora tendida es mucha agua. Si se puede, mejor en la galería o el lavadero; si no, en una habitación con la puerta cerrada y el deshumidificador en marcha, y nunca en el dormitorio. Con un sensor en esa habitación se ve enseguida: la humedad sube en cuanto se tiende, y el deshumidificador puede arrancar solo hasta que la ropa se seca.

¿Sigue funcionando si se cae Internet?

Sí. Las automatizaciones —el extractor que arranca, el deshumidificador que para, el radiador que se detiene con la ventana abierta— viven en un pequeño equipo dentro de tu casa y no dependen de ningún servidor de fuera. Internet solo hace falta para los avisos al móvil y para mirarlo desde fuera de casa. Por eso la temperatura exterior del cálculo del moho sale de un sensor en el balcón y no de la previsión del tiempo: así sigue funcionando aunque la fibra esté caída.

¿Puedo ponerlo si vivo de alquiler?

Sí. Los sensores van a pila y se pegan con adhesivo, el de CO₂ y el deshumidificador se enchufan, y el pequeño equipo que lo coordina se enchufa al router: nada de eso deja marca ni necesita permiso del propietario, y todo se viene contigo al siguiente piso. Solo el módulo del extractor, que va tras el interruptor, conviene hablarlo antes con el casero, porque toca la instalación eléctrica — aunque también se retira sin dejar rastro.

En resumen

El moho de cada invierno no es mala suerte: es aire húmedo que encuentra una superficie fría y se queda ahí demasiadas horas. Medir por estancias, vigilar el punto frío, dejar que el extractor y el deshumidificador trabajen solo cuando hace falta y ventilar diez minutos cuando toca resuelve la mayoría de los casos sin obras ni gestos nuevos. Y lo que no es condensación —una filtración, la capilaridad— se reconoce antes y va a quien lo tiene que arreglar. No hace falta pelearse con el moho cada invierno: basta con que la casa lo vea venir.