Casi todo el mundo tiene claro para qué sirve un detector de humo: pita cuando hay fuego. Lo que se piensa menos es que ese pitido solo sirve si hay alguien en casa para oírlo. Un detector convencional que salta un martes a las once de la mañana, con la casa vacía, avisa al perro y, con suerte, al vecino de rellano, que no sabe si es una alarma de verdad o una pila agotada.

Octubre es buen momento para pensarlo. Es cuando se enciende la caldera por primera vez en siete meses, se sacan del trastero la estufa de butano y el brasero y se prende la primera chimenea de la temporada. Todo lo que quema combustible en una casa vuelve a funcionar a la vez, y con ello aparecen dos riesgos distintos que un solo aparato no cubre: el fuego y el monóxido de carbono.

Humo y monóxido: dos peligros, dos sensores

El detector de humo reacciona a partículas en el aire: es lo que produce un fuego, desde el primer minuto, mucho antes de que haya llama visible. Es el aparato que te despierta si algo empieza a arder de noche.

El monóxido de carbono es otra cosa. Es un gas sin color y sin olor que sale de una combustión mala: una caldera mal ajustada, un calentador en una galería cerrada, una estufa de butano en una habitación sin ventilar, una chimenea que no tira. No hay humo ni llama, y por eso un detector de humo no lo ve. Tampoco lo notas tú: los síntomas son dolor de cabeza, mareo y sueño, que es exactamente lo que no te hace sospechar de nada cuando estás en el sofá una tarde de invierno.

Y hay un tercer aparato con el que se suele confundir: el detector de gas, que avisa de una fuga de gas sin quemar. Es útil si cocinas con gas, pero no sustituye a ninguno de los otros dos, y además se coloca al revés según el gas: el natural es más ligero que el aire y se acumula arriba; el butano pesa más y se queda a ras de suelo.

Dónde va cada detector

Los Bombers de la Generalitat resumen bien lo básico del detector de humo: en el techo y no en la pared, lo más centrado posible en la estancia y siempre a más de 15 cm de las paredes. Aplicado a un piso normal:

  • El pasillo de los dormitorios. Es el imprescindible: es donde el humo pasa camino de donde duermes. Si dormís con la puerta cerrada, añade uno dentro de cada dormitorio.
  • El salón. Es donde están la tele, los cargadores, la regleta con demasiadas cosas enchufadas y, si la hay, la chimenea.
  • La cocina, pero no con uno de humo. El vapor de la olla lo haría saltar cada día. Ahí va un detector térmico, que reacciona a una subida brusca de temperatura: cubre la sartén olvidada en el fuego sin falsas alarmas.
  • El monóxido, junto a lo que quema. Un detector en la estancia de la caldera o el calentador y otro donde se usen estufa o chimenea, a entre uno y tres metros del aparato y a la altura que indique el fabricante. Si la caldera está en la galería, junto a la cocina, ahí es donde tiene que estar.

Lo que conviene evitar es igual de importante: nada de colocarlos justo encima de un radiador, al lado de una ventana o bajo la rejilla del aire acondicionado. Las corrientes desvían el humo y el aviso llega tarde.

Qué cambia cuando el detector está conectado

Un detector conectado sigue siendo, ante todo, un detector: tiene su propia sirena, su propia batería y debe llevar su certificación (EN 14604 los de humo, EN 50291 los de monóxido). La domótica no sustituye nada de eso, lo amplía. Cuando uno salta, pasan varias cosas a la vez:

  • Te llega el aviso al móvil, a ti y a quien tú decidas: tu pareja, un familiar, el vecino que tiene llave. Esa es la diferencia entre enterarte a los diez segundos y enterarte al volver.
  • Suenan todas las sirenas de la casa, no solo la del detector que ha saltado. En un piso grande o en una casa con dos plantas, el fuego que empieza en el salón de abajo tiene que despertar a quien duerme arriba.
  • Se encienden las luces del camino de salida —pasillo, recibidor— a plena intensidad. Con humo y de noche, ver la puerta importa.
  • Se para la climatización por conductos, si la hay, para que no reparta el humo por el resto de la vivienda.

Con el monóxido la respuesta es otra, porque el problema es otro: el sistema puede cortar la demanda de la caldera a través del termostato, encender el extractor y avisar a todos. Si ya tienes la calefacción controlada por zonas, esa orden se da desde el mismo sistema que decide la temperatura de cada habitación: no hay que añadir nada más.

Como con el resto de la instalación, la detección y las sirenas se ejecutan en local, dentro de tu casa. Si el router está caído, los detectores siguen detectando y las sirenas siguen sonando; lo único que necesita internet es la notificación al móvil.

Si ya tienes detectores en casa

No hace falta tirarlos. Hay dos caminos, y cuál conviene depende de lo que ya tengas:

  • Sustituirlos por detectores certificados que además hablen Zigbee o Z-Wave. Es la opción más limpia: cada detector informa al sistema de su estado, de su pila y de qué estancia ha saltado.
  • Conservarlos y añadir un «oyente». Es un pequeño sensor que reconoce el patrón de sonido de la sirena de un detector cualquiera y lo convierte en aviso. Sirve para detectores que aún están en su vida útil, a cambio de no saber cuál de ellos ha saltado.

En los dos casos la instalación es la misma que la de los sensores de fugas de agua: aparatos a pila, sin cable y sin obra, que se emparejan con el sistema y se colocan en su sitio. De hecho, suelen instalarse juntos, porque cubren la misma idea: que la casa te avise de lo que pasa dentro cuando no estás.

Lo que un detector conectado no hace

Conviene decirlo claro. La domótica no llama a los bomberos. Te avisa a ti y a quien elijas, y actúa dentro de casa, pero la llamada al 112 la hace una persona. Que alguien verifique la alarma y llame por ti es lo que ofrece una central receptora, con su cuota mensual; para un piso habitado casi siempre basta con que el aviso llegue a dos o tres móviles.

Tampoco convierte en seguro lo que no lo es. Un detector de monóxido no arregla una caldera mal ajustada ni una estufa en un cuarto sin ventilación: te avisa de que está pasando. La revisión periódica de la caldera y el sentido común con el brasero siguen siendo lo primero. Y todos los detectores caducan: los de humo, a los diez años aproximadamente; los de monóxido, entre siete y diez. Integrados en el sistema, al menos te avisan ellos antes.

La casa que está cerrada

Donde un detector que solo pita tiene menos sentido es en la vivienda que pasa semanas vacía. La casa de la montaña con chimenea, el apartamento que se usa en puentes: si algo arde o la caldera falla allí un martes de noviembre, nadie lo va a oír. Es el mismo razonamiento que explicamos en la domótica para segunda residencia: lo que importa no es que la casa detecte, sino que te lo cuente a dos horas de distancia.

Cuánto cuesta

Los detectores no se venden como un producto suelto: son una pieza más de la instalación y el precio depende de sobre qué se montan. Si ya tienes domótica en casa, añadirlos es de lo más sencillo que se puede hacer: se emparejan, se colocan y se configuran las escenas y los avisos en la misma visita. Si partes de cero, lo habitual es que entren en el sistema de seguridad, cuya instalación parte desde 900 € e incluye central, sensores, sirena y configuración, sin cuotas mensuales ni permanencia.

La visita y el presupuesto no cuestan nada: vamos, miramos qué quema combustible en tu casa y dónde duerme cada uno, y te decimos cuántos detectores hacen falta de verdad y de qué tipo.

Dudas habituales

¿Dónde se pone el detector de humo en un piso?

En el techo, lo más centrado posible y siempre a más de 15 cm de las paredes, como recomiendan los Bombers de la Generalitat. El sitio que no puede faltar es el pasillo o distribuidor que da acceso a los dormitorios; si dormís con la puerta cerrada, conviene otro dentro de cada dormitorio, y uno más en el salón. Hay que alejarlo de ventanas, rejillas de aire acondicionado y conductos de ventilación, porque las corrientes desvían el humo y retrasan el aviso.

¿Un detector de humo detecta el monóxido de carbono?

No. Son dos sensores distintos para dos peligros distintos. El de humo detecta partículas en el aire, que es lo que produce un fuego; el monóxido de carbono es un gas invisible y sin olor que sale de una combustión mala —una caldera, un calentador, una estufa de butano o una chimenea que no tiran bien— sin que haya humo ni llama. Existen aparatos que combinan los dos sensores en una sola carcasa, pero si en casa hay algo que quema gas, leña o carbón, el de monóxido es imprescindible.

¿Puedo poner un detector de humo en la cocina?

No es buena idea: el vapor y los humos de cocinar lo hacen saltar continuamente, y un detector que salta cada vez que haces una tortilla acaba desconectado. En la cocina se pone un detector térmico, que reacciona a una subida brusca de temperatura y no al humo. Cubre justo el caso típico —la sartén olvidada en el fuego— sin falsas alarmas.

¿Cada cuánto hay que cambiar el detector?

El aparato entero, no solo la pila. Los sensores envejecen: los de humo duran unos 10 años y los de monóxido entre 7 y 10, según el modelo, y la fecha de sustitución suele venir impresa en la carcasa. Lo que más ayuda es que el detector avise solo cuando la pila baja o cuando llega al final de su vida útil; integrado en el sistema, ese aviso te llega al móvil en vez de ser un pitido a las tres de la madrugada.

¿El sistema avisa a los bomberos?

No por sí solo. La domótica te avisa a ti y a las personas que elijas —un familiar, el vecino que tiene llave— y actúa dentro de casa, pero la llamada al 112 la haces tú o quien reciba el aviso. Que alguien verifique la alarma y llame por ti es exactamente lo que vende una central receptora, con su cuota mensual. Para la mayoría de pisos, con el aviso al móvil de varias personas es suficiente; en una casa aislada o una segunda residencia vale la pena pensarlo con calma.

En resumen

Un detector de humo protege del fuego; uno de monóxido, del gas que sale de una caldera, una estufa o una chimenea que funcionan mal. Son dos aparatos distintos y en una casa con calefacción de combustión hacen falta los dos. Conectados al sistema, dejan de ser un pitido que solo oye quien está dentro: el aviso te llega al móvil, suenan todas las sirenas, se iluminan las salidas y la caldera se para. Es la diferencia entre que la casa detecte algo y que alguien se entere a tiempo.