El primer día de frío de verdad siempre llega igual. Una mañana de finales de octubre te levantas, notas que la casa está a catorce grados y vas al pasillo a darle al termostato, que lleva desde marzo en el mismo sitio. La casa entera empieza a calentarse: el salón, los tres dormitorios, el baño, el recibidor y esa habitación en la que solo hay una bicicleta y la maleta grande. Todo a la vez y todo a la misma temperatura, porque así es como funciona.
Y ahí está el problema, que no es de aparatos ni de caldera: una casa no se vive entera a la vez. El salón se usa de siete a doce, el dormitorio se usa durmiendo —que es justo cuando menos calor quieres—, el baño necesita quince minutos buenos por la mañana y la habitación de la bicicleta no necesita nada. Repartir el calor por habitaciones y por horas es la palanca más grande que existe en calefacción, y se hace sin cambiar la caldera. Esta es la guía de qué poner en cada sitio.
El termostato del recibidor mide donde no vives
Casi todos los pisos tienen un único termostato, y casi siempre está en el peor sitio posible: el pasillo o el recibidor. Es un lugar estrecho, sin ventana, muchas veces sin radiador propio, con la puerta de la calle abriéndose y cerrándose y con el aire de toda la casa pasando por él. Ese punto es el que decide si la caldera arranca o para para todas las demás habitaciones.
El resultado lo conoce cualquiera que haya vivido en un piso con radiadores. El pasillo llega a 21 °C rápido porque es pequeño, la caldera se apaga, y el dormitorio que da al patio —el que tiene el muro frío y la ventana antigua— se queda en 17 °C toda la noche. O al revés: para que el dormitorio esté bien hay que poner el termostato a 23, y entonces el salón, que da al sur y tiene sol toda la tarde, se pone a 24 y acabas abriendo el balcón en pleno diciembre. En los dos casos se está pagando gas para acabar incómodo.
La solución no es un termostato mejor en el mismo sitio. Es dejar de tener un solo sitio.
Cada habitación quiere su temperatura
El IDAE recomienda para una vivienda entre 19 y 21 °C durante el día y entre 15 y 17 °C por la noche, y calcula que cada grado de más supone en torno a un 7% de consumo. Son cifras medias para toda la casa; lo interesante es bajarlas a cada estancia, porque es ahí donde la recomendación se vuelve accionable.
El salón, entre 19 y 21 °C, y solo cuando se usa. Es la estancia donde se está quieto —en el sofá, leyendo, viendo algo— y donde por tanto se nota más el frío. Merece la parte alta de la horquilla. Lo que no merece es estar a 21 °C desde las nueve de la mañana: con que arranque a media tarde para llegar caliente a las siete ya está resuelto. Si además tiene balcón orientado al sur, algunos días de invierno en Barcelona no hará falta ni encenderlo.
El dormitorio, más fresco de noche y templado al despertar. Es el cambio que más sorprende y el que más ahorra. Se duerme mejor entre 16 y 18 °C que a 21, y son ocho horas seguidas: bajar ahí es bajar en el tramo más largo del día. La gracia está en la otra mitad de la regla — que el cabezal abra media hora antes de que suene el despertador, para que levantarse no sea salir a un cuarto helado. Frío para dormir, templado para levantarse; hasta ahora había que elegir.
El baño, un pico corto por la mañana. Es la única estancia de la casa donde tiene sentido pasarse de la recomendación, porque uno está mojado y quieto. Un par de grados por encima del resto durante los veinte o treinta minutos de la ducha, y el resto del día al mínimo. Un pico corto cuesta muy poco; un baño a 23 °C todo el día cuesta mucho.
La cocina, uno o dos grados por debajo. Se calienta sola. El horno, los fogones, el frigorífico y la gente moviéndose de pie aportan bastante calor, y además suele ser la estancia que más se ventila. Ponerla al mismo nivel que el salón es de las cosas que más calor sobrante generan en un piso.
La habitación que nadie usa, al mínimo — pero no a cero. Cerrar el radiador del todo y la puerta detrás es un clásico y no es buena idea: una habitación fría y sin ventilar en una ciudad húmeda como Barcelona acaba con condensación en el cristal y moho en la pared del armario. Dejarla en torno a 15 °C evita eso, le quita trabajo a los tabiques que dan a las habitaciones vecinas y cuesta una fracción de tenerla en uso.
Nada de esto exige acertar a la primera. Lo normal es dejar unas temperaturas de partida el día de la instalación y ajustarlas durante las dos o tres primeras semanas de frío, que es cuando cada uno descubre lo que de verdad le gusta.
La hora importa tanto como el grado
Un radiador no calienta una habitación en cinco minutos: entre que el agua sube de temperatura y que el aire de la estancia se pone al día pueden pasar de media hora a una hora larga, según lo grande que sea y lo fría que esté. Esa inercia es la razón por la que subir el termostato al llegar a casa es un mal plan — y también la razón por la que repartir por horas funciona tan bien.
Calentar por delante, no a remolque. Si a las siete quieres el salón a 20 °C, la orden tiene que salir a las seis y cuarto. Hecho así, llegas a una casa que ya está bien; hecho al revés, pasas la primera hora con el abrigo puesto y la caldera a tope, que es exactamente el momento en que más gasta.
Subir la consigna no calienta más rápido. Es el malentendido más repetido de la calefacción. Poner el termostato a 25 no hace que el agua llegue antes ni más caliente: la caldera ya está dando lo que puede. Lo único que consigue es que, cuando la habitación llegue a 21, siga calentando hasta 25 — y que te olvides de bajarlo. El grado de más se paga, y según el IDAE se paga en torno a un 7% cada uno.
Los fines de semana no son días laborables. Un horario que vale de lunes a viernes tiene poco sentido un sábado, cuando la casa está ocupada desde media mañana. Tener dos programas y que el sistema sepa en qué día está evita el sábado de frío a las once y el martes de calefacción encendida para nadie.
Dejar de calentar la calle
Con las habitaciones repartidas, hay dos situaciones que valen la pena resolver aparte porque son puro desperdicio.
La ventana abierta. Se ventila diez minutos por la mañana y, mientras tanto, el radiador de esa habitación está a pleno rendimiento peleándose con el aire de la calle. Un pequeño sensor en la ventana —o la propia caída brusca de temperatura, si no se quiere poner nada— hace que ese radiador, y solo ese, se pare mientras dure y vuelva solo al cerrar. No hay que acordarse de nada.
La casa vacía. Entre que sale el último por la mañana y vuelve el primero por la tarde hay muchas horas de calefacción para nadie. No se trata de apagarlo todo —volver a calentar una casa fría cuesta más que mantenerla— sino de bajar unos grados en ese tramo y empezar a recuperar antes de que llegue alguien. Si el sistema sabe que ese día nadie ha salido, no baja.
El mando sigue siendo tuyo
Esta es la regla que hace que el resto sea aceptable para toda la familia: la programación propone y la persona dispone. El cabezal se puede girar a mano como el de toda la vida, y si alguien tiene frío en el salón un domingo por la tarde, sube y se queda subido hasta el siguiente tramo horario. Nadie tiene que sacar el móvil para tener calor, y nadie tiene que pedir permiso a una aplicación. La casa se encarga del noventa por ciento de las veces, que son las repetidas; las otras las decides tú.
Es el mismo principio con el que planteamos cualquier domótica para el hogar: automatizar lo que se repite y no quitarle a nadie el gesto de siempre.
Qué hace falta y qué cuesta
Menos de lo que parece. Un cabezal en cada radiador que se quiera controlar, un termostato o un relé en el punto donde hoy está el termostato de la caldera, y un pequeño equipo que coordine los horarios dentro de casa. Nada de obra, nada de tocar la instalación de agua y nada de cambiar la caldera; si quieres el detalle de cómo funciona la pieza que manda sobre la caldera, lo contamos en la guía del termostato inteligente para calefacción.
Una instalación de climatización inteligente como la de esta guía parte desde 700 €, en pago único y sin cuotas, y el número de radiadores es lo que más mueve la cifra — por eso en la visita miramos cuáles compensan y cuáles no. Con la misma garantía que el resto de lo que instalamos: garantizamos nuestra instalación y configuración durante 5 años; los equipos tienen la garantía de su fabricante (2–3 años) y la gestionamos nosotros por ti.
Si la calefacción es eléctrica en lugar de gas, el reparto por habitaciones se nota además en la factura de la luz, y ahí conviene mirar las dos cosas juntas: cuánto gasta cada aparato y a qué hora conviene que funcione. Eso lo explicamos en la guía de cómo monitorizar el consumo eléctrico de casa.
Dudas habituales
¿Tengo que cambiar la caldera o los radiadores?
No. Repartir el calor por habitaciones no toca la caldera ni la fontanería: se sustituye el mando de cada radiador —esa rueda de plástico con números del 1 al 5— por un cabezal que hace lo mismo pero obedece a una hora y a un sensor. Se enrosca en el mismo sitio, va a pila y se cambia en unos minutos por radiador. La caldera sigue siendo la tuya y se entera de lo mismo que antes: de que hay que dar calor o de que no.
¿Sigue funcionando si se cae Internet?
Sí, y es una diferencia que conviene preguntar antes de comprar nada. En una instalación bien planteada los horarios y las temperaturas viven en un pequeño equipo dentro de tu casa, no en el servidor de una marca: el dormitorio se templa a las siete de la mañana aunque la fibra esté caída y aunque esa empresa cierre el servicio dentro de tres años. Internet solo hace falta para mirarlo o cambiarlo desde fuera de casa.
¿Y si tengo suelo radiante o aerotermia en vez de radiadores?
También se reparte por zonas, aunque el reparto se hace en otro sitio: en vez de un cabezal por radiador, unos actuadores en el colector abren o cierran cada circuito. Lo que cambia de verdad es el ritmo. El suelo radiante y la aerotermia tienen mucha inercia —tardan en calentar y tardan en enfriarse—, así que funcionan peor a base de encender y apagar y mucho mejor con curvas suaves y anticipación. Dicho de otro modo: la programación por horas rinde ahí todavía más que en radiadores, pero hay que hacerla con más margen.
¿Cuántos radiadores hay que zonificar para que compense?
No hace falta hacer la casa entera de golpe, y casi nunca es lo que recomendamos. Con empezar por las estancias que tienen horarios muy distintos entre sí —dormitorios y salón— ya se nota, porque ahí es donde más calor se estaba regalando. Las habitaciones de paso o las que nadie usa se pueden dejar para una segunda vuelta, o resolverlas simplemente dejándolas al mínimo. En la visita miramos cuántos radiadores hay y cuáles merecen la pena de verdad; a veces son cuatro de nueve.
En resumen
La mayoría de los pisos calientan una casa entera para vivir en dos habitaciones, y lo hacen decidiéndolo desde un pasillo. Repartir el calor —el salón a 20 °C por la tarde, el dormitorio fresco de noche y templado al despertar, el baño con su pico corto, la habitación vacía en el mínimo justo para que no aparezca moho— es una de las pocas cosas que mejora el confort y baja la factura al mismo tiempo, y no hace falta cambiar nada de lo que ya tienes. Deja de calentar habitaciones; calienta horas y personas.