La escena se repite en muchos garajes desde hace un par de años. Llegas a casa a las ocho, enchufas el coche, subes, y a las nueve —con el horno puesto, la vitro a tope y alguien duchándose— se va la luz de toda la casa. No se ha roto nada: simplemente has pedido más de lo que tienes contratado, y el interruptor que vigila eso ha hecho su trabajo.
A partir de ahí casi todo el mundo llega a la misma conclusión equivocada: hay que ampliar la potencia contratada. Es la salida cara, la que pagas los doce meses del año para resolver un choque que dura veinte minutos al día. Hay otra forma de hacerlo — que la casa reparta lo que ya tiene, y que el coche cargue de madrugada, cuando el kWh cuesta la mitad y no compite con nada. Esta es la guía para montarlo.
El problema no es el enchufe, es la potencia
Un piso normal del área metropolitana tiene contratados 3,45 o 5,75 kW. Un punto de recarga doméstico tira de 3,7 kW si es sencillo y de 7,4 kW si es de los rápidos. Las cuentas salen solas: el coche, él solo, puede llevarse toda la potencia de la casa. Mientras no haya nadie más consumiendo, no pasa nada; el choque llega a la hora de la cena, que es justo cuando la gente enchufa el coche al llegar.
Las tres salidas que suelen ofrecerte son subir la potencia contratada, poner un cargador más lento, o acordarte tú de enchufar el coche antes de acostarte. La primera te encarece la factura fija todo el año. La segunda te quita velocidad los días que sí la necesitas. Y la tercera funciona hasta el tercer jueves que se te olvida. Ninguna de las tres ataca el problema de verdad, que es de reparto: la casa y el coche nunca necesitan el máximo a la vez, pero nadie les ha dicho cómo turnarse.
Gestión dinámica: el coche cede el paso
La solución es más sencilla de lo que suena y no cambia nada de tu instalación. Se pone un medidor en el cuadro eléctrico —una pinza alrededor del cable general, sin cortar nada— que sabe en tiempo real cuánto está consumiendo la casa. Ese dato llega al cargador, y el cargador ajusta su ritmo en consecuencia, segundo a segundo.
En la práctica se ve así: a las nueve de la noche, con el horno y la vitro encendidos, el coche baja a un hilo de carga o se detiene. A las once, cuando la cocina está apagada y la casa consume lo que consume una casa dormida, sube a tope y aprovecha toda la potencia libre. Nadie ha tenido que decidir nada y no ha saltado la luz ni una vez. Es exactamente la misma pinza y la misma lógica con la que se monitoriza el consumo eléctrico de casa: primero medir, después repartir.
Esto es lo que hace que ampliar la potencia contratada deje de tener sentido en la mayoría de los casos. No pagas más cada mes por un pico de veinte minutos; le enseñas a la casa a no provocarlo.
Cargar cuando la luz cuesta la mitad
Resuelto el choque, queda la parte que se nota en la factura. Casi todos los contratos domésticos están en la tarifa 2.0TD, que divide el día en tres tramos: punta, llano y valle. El valle va de medianoche a las ocho de la mañana de lunes a viernes, y los sábados, domingos y festivos nacionales lo son las veinticuatro horas. El coche es la carga perfecta para ese tramo: pasa la noche entera parado y le da igual a qué hora se llene, mientras esté listo por la mañana.
Así que la regla que se programa es esta: enchufas al llegar, y la casa decide. Si es martes, el cargador espera a medianoche y arranca solo; si es sábado, empieza en cuanto lo conectas, porque todo el día es valle. Y si tienes tarifa regulada, se puede hilar más fino todavía y cargar cuando el precio del PVPC —que cambia cada hora y es público en la web de Red Eléctrica— baje del umbral que tú digas. Hay madrugadas de invierno con viento en que ese precio se desploma; el coche se entera y tú no tienes que mirarlo.
Una nota honesta: esto no te obliga a cambiar de tarifa ni de compañía, y nosotros no vendemos ninguna. Con la que tengas, lo que se gana es mover al tramo barato una carga que ahora mismo estás haciendo a la hora más cara del día.
Si tienes placas, cargar con lo que sobra
Con autoconsumo el razonamiento se da la vuelta: la hora buena ya no es la madrugada, es el mediodía. Cada kWh que viertes a la red te lo pagan a una fracción de lo que cuesta el que compras, así que el excedente que consigas meter en el coche vale mucho más que el que regalas.
El sistema conoce tu producción en tiempo real y puede cargar solo con lo que sobra: si las placas dan más de lo que la casa gasta, el coche absorbe la diferencia; si pasa una nube y la producción cae, baja el ritmo o se para. Es la misma mecánica del reparto de antes, mirando al otro lado del contador. El coche del que teletrabaja, aparcado todo el día, es el mejor sitio donde meter un excedente que si no se pierde.
El garaje de comunidad: qué puedes hacer sin pedir permiso
Esta es la pregunta que más frena a la gente, y casi siempre por un malentendido. En Cataluña quien decide qué es tuyo y qué es de todos en un edificio dividido en pisos no es la ley estatal de propiedad horizontal, sino el libro quinto del Código Civil de Cataluña — el mismo texto que decide, por ejemplo, hasta dónde llega tu telefonillo y dónde empieza el portal de la finca.
Y para el punto de recarga la ley hizo algo poco habitual: lo sacó de la lógica de las mayorías. Si la instalación es para uso privado y va a tu plaza, basta con comunicarlo. Se manda el proyecto técnico a la presidencia o a la administración de la finca con treinta días de antelación, y cuando está hecho se entrega el certificado de la instalación. No hay junta, no hay votación, no hay que convencer a nadie. La comunidad tiene esos treinta días para proponer una alternativa razonable —normalmente, una solución común para todo el garaje—, pero no puede decir que no; y el legislador ya contaba con que el cable tenga que cruzar zonas comunes para llegar hasta tu plaza, porque no hay otra manera de llevar la luz hasta allí.
Lo que sí conviene, por experiencia: avisar bien, con el esquema del recorrido del cable, y hacerlo de forma que el día que otro vecino quiera el suyo no haya que rehacerlo todo. Los garajes donde esto ha ido mal casi nunca es por la ley; es por haber tratado la instalación como si fuera la única que va a existir.
Las dos mitades del trabajo, y por qué conviene que sean del mismo
Poner un punto de recarga son en realidad dos trabajos distintos. Uno es eléctrico: la línea hasta tu plaza, las protecciones, el montaje del cargador y el boletín de la instalación, que por normativa solo puede firmar un instalador eléctrico autorizado. El otro es de domótica: que ese cargador deje de ser un aparato aislado y pase a formar parte de la casa. Lo habitual es que quien hace uno no haga el otro, y que el cliente acabe con dos empresas que se señalan entre sí cuando algo no va. Nosotros contamos con instalador eléctrico autorizado, así que las dos mitades son nuestras: una visita, un presupuesto, un interlocutor y una sola garantía, con el boletín incluido.
La segunda mitad es la que casi nadie te ofrece, y es la que hace que todo lo anterior sirva de algo. El medidor del cuadro, el reparto de potencia, los horarios, el seguimiento del precio, el excedente solar, el histórico de cuánto has cargado y cuánto te ha costado. Se puede hacer sobre un cargador que ya tengas instalado, siempre que hable un idioma abierto —los que anuncian OCPP o Modbus son los que se dejan gestionar; los que solo funcionan con la app de su marca, casi nunca—. Es la misma pregunta que hay que hacerle a una cámara antes de comprarla, y merece la pena hacerla antes de pagar, no después.
Todo esto se decide, además, dentro de tu propia instalación: el medidor y el cargador se hablan por tu red, no a través del servidor de un fabricante. Es la forma en que planteamos cualquier domótica sin nube, y aquí tiene una ventaja práctica de más: un garaje suele ser justo el sitio donde la cobertura es peor.
Cuánto cuesta y por dónde empezar
Una instalación típica de gestión energética parte desde 400 €: la monitorización general del cuadro más el control de los grandes consumidores con enchufes y relés inteligentes. El cargador del coche o la integración solar completa se presupuestan en la visita, gratis y sin compromiso, porque dependen de cómo esté tu cuadro, qué cargador tengas o quieras y cuánta distancia haya hasta la plaza. Todo va en pago único, sin mensualidades por gestionar tu propia carga.
Si aún no tienes coche eléctrico pero lo estás pensando, hay un orden que ahorra disgustos: monitorizar primero. Un mes de datos te dice cuánta potencia te sobra de verdad en cada franja, y con eso se sabe si necesitas ampliar potencia o no antes de decidir nada. Con la misma garantía que el resto de lo que instalamos: garantizamos nuestra instalación y configuración durante 5 años; los equipos tienen la garantía de su fabricante (2–3 años) y la gestionamos nosotros por ti.
Dudas habituales
¿Puedo cargar el coche si solo tengo 3,45 kW contratados?
Sí, y es lo que hace la mayoría de la gente sin saberlo. Con la potencia habitual de un piso no vas a cargar a toda velocidad, pero tampoco lo necesitas: en las ocho horas que el coche pasa parado por la noche entran de sobra los kilómetros de un día normal, y lo hace mientras duermes. La pregunta útil no es «cuántos kilowatios puedo meter», sino «cuántos kilómetros hago al día»: si son treinta o cuarenta, cualquier ritmo de carga te sirve y ampliar la potencia contratada sería pagar todo el año por una prisa que no tienes.
¿Necesito permiso de la comunidad para poner el punto de recarga en mi plaza?
En Cataluña, no. La instalación de un punto de recarga para uso privado en una plaza de aparcamiento privativa se resuelve con una comunicación previa: se envía el proyecto técnico a la presidencia o a la administración de la finca con treinta días de antelación, y al terminar se entrega el certificado de la instalación. No hace falta llevarlo a la junta ni conseguir mayorías. La comunidad puede proponer una alternativa razonable dentro de ese plazo, pero no puede impedirlo, y el coste de la instalación y de la luz que consumas son tuyos. La norma que lo dice es el libro quinto del Código Civil de Cataluña, la misma que reparte qué es privativo y qué es común en cualquier edificio de aquí.
¿Me sirve el cable que venía con el coche?
Para salir del paso, sí; como solución permanente, no es la buena idea que parece. Ese cable está pensado para emergencias y carga a unos 2,3 kW por un enchufe normal que no se diseñó para aguantar diez horas seguidas al máximo: es la causa habitual de bases recalentadas en garajes. Un punto de recarga fijo carga más rápido, tiene su propia protección y —esto es lo que nos interesa aquí— es el único que se puede gestionar: saber cuánto está metiendo, bajar el ritmo cuando la casa lo necesita y arrancar a la hora que le digas.
¿Qué pasa si se cae Internet mientras el coche está cargando?
Nada. Las decisiones que importan —cuánta potencia queda libre, cuándo empezar, cuándo bajar el ritmo— se toman entre el medidor del cuadro y el cargador, dentro de tu propia instalación, sin pasar por la nube de nadie. Internet solo hace falta para mirarlo desde el móvil cuando no estás. Si se cae la fibra, el coche sigue cargando exactamente igual; lo que pierdes es el gráfico, no la carga.
En resumen
Cargar el coche en casa no es un problema de enchufe, es un problema de reparto y de horario. Una pinza en el cuadro y un cargador que se deje gestionar resuelven las dos cosas: la casa y el coche se turnan la potencia que ya tienes —sin ampliar nada—, y la carga se va sola al tramo en que la luz cuesta la mitad, o al mediodía si tienes placas. Y si tu plaza está en un garaje de comunidad, la ley catalana te pone más fácil de lo que crees: se comunica, no se pide permiso. Enchufas al llegar y te olvidas; del cuándo y del cuánto se ocupa la casa.